Ya sabe aquello del matrimonio (o de la vida en pareja): en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad pero todo se perdona si dio con su media naranja. Al Twizy hay que entenderlo así. Porque supone llevar a la mínima expresión el concepto de automóvil eléctrico y eso no sale gratis.
Aunque empezamos por reconocer la coquetería de su diseño galáctico, a mitad de camino entre scooter y coche. Seguro que también influye la novedad, pero es difícil moverse con algo sobre ruedas (no inalcanzable para el común de los mortales) que despierte tantas miradas, tantas preguntas.
Otra virtud del diseño es su tamaño. Con 2,34 metros de largo y 1,40 de ancho, se desenvuelve por la ciudad (su territorio, no lo olvide) como pez en el agua, respaldado por el nervio mecánico. Incluso puede aparcar en perpendicular entre dos coches que, si procede, tendrán que pagar estacionamiento. Éste no, o no mientras que los vehículos de esta tecnología no sean legión, porque entonces, seguro, otro gallo les cantará.
De hecho, al Twizy sólo le falta poder ir entre carriles como una moto, pero le sobra anchura. En cuanto al tradicional silenció de marcha de los eléctricos y su peligro para otro tipo de usuarios (peatones y ciclistas en especial), el conductor puede accionar un potente sistema de aviso. Aunque hay que señalar que este modelo hace bastante más ruido que otros.
Lo que se ve es lo que hay
Medidas adecuadas, decíamos, pero a las que, añadimos, le viene algo corto el traje. Y es que el coche (en realidad un cuadriciclo) es lo que se ve: cuatro ruedas, un pequeño chasis y una célula de habitabilidad, que lleva semipuertas de llamativa apertura, similares a las de un Lamborghini, si se pagan aparte (550 euros) y nunca con cristales.
Para accionarlas desde fuera, sólo hay una opción: recurrir al tirador que sirve para hacerlo desde dentro. Accedemos entonces a un habítáculo configurado en tándem (un asiento delante del otro). En el puesto de conducción, podemos hablar de máximo minimalismo. La instrumentación, cimentada sobre una pantalla digital informa de si el coche está listo para iniciar la marcha y de los datos cruciales: especialmente, saber cuánta carga gastamos y cuántos kilómetros nos quedan en la batería.
El arranque es por llave y dos botones a la izquierda del volante gestionan el cambio automático de tres posiciones: D, N y R. No hay de bloqueo (P), solo freno de mano y el volante no tiene regulación alguna. En este sentido, sólo contamos con la longitudinal en el asiento del conductor, hecho de una pieza y que, visto lo duro que va el Twizy de suspensión, reclama un respaldo más cariñoso con la espalda. Tampoco le vendría mal algún tipo de parasol, o al menos, una franja oscurecida en la parte superior del parabrisas.
Sobre la zona posterior, peor el acceso y mejor la ubicación. El pasajero tiene que colocar las piernas a los lados del asiento delantero, pero no viaja mal salvo que apenas ve lo que pasa delante de él.
Para acabar con este apartado y puesto que el coche sirve para lo que está pensado, contamos con espacio de sobra. Delante, dos guanteras que suman 8,5 litros, la de la derecha con cierre por llave igual que el hueco (otros 31 litros) que queda oculto tras el asiento del acompañante. Existe una mochila opcional, diseñada a medida (50 litros) de esta segunda plaza, solo que la anula.
En ciudad, divertido como pocos
Tampoco, porque eso fulminaría la autonomía, contamos con aire (acondicionado, por supuesto) ni calefacción. Bueno tampoco los tiene el 99% de las motos y se siguen usando.
Precisamente el Twizy puede ser una alternativa mucho más segura que aquéllas y, además de la versión probada (con motor de 17 CV y 80 km/h de punta), cuenta también con la de 45, equiparable a un ciclomotor. Dirán los moteros que no hay color en sensaciones o agilidad. Vale, pero que lo prueben.
De hecho, su conducción nos parece de lo más divertido. ¿Por qué? Pues porque la devuelve a las esencias, al viajar en un habitáculo al que llegan todos los ruidos (el del motor al acelerar no es bajo) y no contar con ayudas electrónicas. No hay dirección asistida, ni ABS y la suspensión resulta muy dura. Pero todo eso, más la ligereza del conjunto y la respuesta del motor, lo convierten en un pequeño kart en el que el conductor es el protagonista. Hay que acostumbrarse a la tendencia a irse de morro (casi todo el peso está por detrás) y a que, por la limitada amortiguación, las reacciones pueden ser muy rápidas. Por ejemplo, a pasar muy rápidos sobre un resalte del asfalto.
Vamos, un juguete para la ciudad, donde es uno de los cuatro ruedas más rápido y ágil. Salir de ella, o meterse en vías de circunvalación cuando no se puede pasar de 80km/h puede ser curioso por un día, y lo hemos hecho, pero no lo aconsejamos para repetirlo siempre. Lo cual tiene también que ver con su autonomía.
La recarga no plantea problemas. Sólo hay una toma, convencional y que se retrae para quedar escondida en un hueco (sin llave en el frontal). Sirve para conectarse a un enchufe doméstico (mejor, reforzado). ¿Tiempo? En tres horas y media la batería vuelve a estar llena, pero con la mitad ya hay de sobra para los recorridos urbanos más habituales. Precisamente el máximo teórico (100 kilómetros) está calculado para un entorno urbano, donde una conducción anticipada, los semáforos y la regeneración de energía juegan a favor. Aunque de verdad, lo que pide el cuerpo es ir ratoneando entre el tráfico aprovechando su acelerón a baja velocidad. Mejor pensar en que contamos con entre 70 y 80 kilómetros.
En carretera, para acercarse a la primera cifra hay que realizar una conducción defensiva, pero en el sentido de intentar gastar la menor cantidad de energía y recuperar la máxima, por lo que aun limitamos más la respuesta del coche. Si a mitad de camino, por ejemplo en casa, tenemos recarga, adiós angustias. Pie a tabla que tampoco nos jugamos puntos.
El precio: 5.409 euros en el Twizy básico de 17 caballos, descontada la ayuda oficial, más lo 50 euros del alquiler mensual de la batería (mínimo tres años) y sin puertas ni accesorios. Hagan cuentas. Pero no se confundan: no es un coche de nuestro tiempo, por lo hay que perdonarle ciertas cosas. Aparte de que no contamina cuando se desplaza y el gasto para hacerlo es mínimo. Pongamos, de media, unos dos euros a los 100 km.
http://www.elmundo.es/elmundomotor/
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